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sábado, 2 de mayo de 2026

EL LUGAR DONDE SEGUIMOS SIENDO HIJOS


Hay un día en el que la sensación de haber dejado de ser hijo se instala con fuerza, sin saber muy bien de dónde viene ni en qué momento empezó, pero con la claridad suficiente como para hacernos creer que hemos cambiado de lugar: que ya no pedimos, que ya no dependemos, que ya no miramos hacia arriba buscando respuestas, sino que somos nosotros quienes sostenemos, decidimos y respondemos.

Pero esa sensación no es definitiva, ni siquiera verdadera. Desaparece cuando uno se acerca a una madre, porque una madre es, ante todo, un lugar: el lugar donde sigue jugando nuestra niñez y donde la adolescencia descansa sin tener que justificarse.

Es el lugar donde no hace falta sostener el papel que uno lleva fuera. Donde se puede estar sin demasiada explicación, incluso cuando las cosas no están del todo bien. Donde uno vuelve, casi sin darse cuenta, a no saber del todo, a preguntar sin sentirse torpe, a quedarse un poco más de lo necesario.

Decía Oscar Wilde que los hijos aman, luego juzgan y, a veces, perdonan; pero con el tiempo uno descubre que lo verdaderamente importante no es perdonar, sino comprender… y, sobre todo, agradecer.

Agradecer que muchas de sus certezas fueron improvisadas, que sus decisiones nacieron más del amor que de la seguridad, que tantas veces nos sostuvieron sin tener todas las respuestas, pero sin dejar de estar.

No hay un día en que dejamos de ser hijos, sino momentos en los que lo olvidamos, hasta que la presencia de una madre nos devuelve a ese lugar que no se pierde, que no se supera, que no se deja atrás.

Hoy, que celebramos a las madres, quizá lo más verdadero sea reconocerlo así: que ser madre es sostener un espacio al que siempre se puede volver, y que ser hijo, lejos de ser una etapa, es un privilegio que nunca se pierde.

La siguiente selección de trabajos, realizados en técnicas mixtas, nace en el taller con motivo de la Fiesta de las Madres y fue pensada como regalo. Incluso el último… ahí lo dejo ;)

 


































miércoles, 1 de abril de 2026

LAS MENINAS O EL PUNTO DE VISTA RELATIVO


En el taller hemos hecho estas meninas en gran formato. Coloridas y con aire ingenuo. Fue un encargo. No sabemos muy bien el destino, pero lo que tenemos claro es que no pasarán desapercibidas. Curioso para ser meninas…

Menina es un término prestado. Viene del portugués y designa a las jóvenes de la nobleza que acompañaban a las infantas en la corte del siglo XVII. Las meninas tenían un papel discreto, pero no menos importante: acompañaban, sostenían la escena, hacían posible que todo ocurriera sin ocupar el centro.

Se las reconoce casi antes por la forma que por su función. Esas faldas amplias sostenidas por el guardainfante, que ensanchan el cuerpo hasta volverlo casi arquitectónico y ensanchaba la figura, marcaba distancia, ordenaba el espacio alrededor. No era solo una prenda: era una estructura que imponía cómo estar, cuánto ocupar, hasta dónde acercarse.

No es un detalle superficial. En ellas, la forma no solo adorna: organiza.

Al decir meninas es inevitable pensar en el famoso cuadro de Velázquez que lleva el mismo nombre. En él, sin ninguna inocencia, la mirada cambia de lugar.

Vemos lo que no debería verse. Vemos al pintor, figura normalmente invisible. Vemos los entresijos de la corte.Y a los reyes, que deberían ser el centro, apenas los vemos. Y nosotros, invitados a la escena sin saber muy bien a quién mirar.

Estrella de Diego, en El Prado inadvertido, habla precisamente de eso: de lo que está delante y no vemos, no porque esté oculto, sino porque no sabemos colocarnos para verlo.

Quizá por eso este cuadro sigue incomodando. No porque sea complejo, sino porque nos desplaza. Nos saca del lugar cómodo del espectador y nos coloca dentro, en una posición que no controlamos. Y entonces todo se vuelve menos estable.

Estas meninas y el cuadro de Velázquez me recuerdan que no hay un único punto de vista. Que lo que vemos depende de quién mira, pero también, y quizá, sobre todo, desde dónde mira.
Un pequeño desplazamiento cambia la escena entera.

Lo que parecía central deja de serlo. Lo que parecía secundario empieza a pesar. Lo que parecía claro se vuelve incierto.

En un mundo en el que constantemente nos vemos dentro de escenas a las que no hemos sido invitados, opinando, mirando, siendo mirados,  quizá no se trate tanto de entender lo que ocurre, sino de preguntarnos desde dónde lo estamos mirando.

Porque quizá no sea que las cosas cambian. Quizá lo que cambia es el lugar que ocupamos dentro de ellas.
Y entonces, como estas meninas, incluso lo que parecía destinado a acompañar
termina, sin quererlo, ocupando el centro.








Coincido con ustedes que estas últimas no son Meninas ;)

miércoles, 24 de diciembre de 2025

SI PUDIERA, ESTA NOCHE...

Si Atelier Victoriano pudiera, esta noche, en un acto de amor y de inocente rebeldía, os escribiría a mano una felicitación a todos y cada uno. Con vuestro nombre. Con tiempo. Con los dedos manchados de tinta. No podemos hacerlo, pero sí podemos compartir el gesto y, sobre todo, el agradecimiento por la lealtad, el cariño y la atención con la que acompañáis este espacio.

Reivindicamos lo humano, lo torcido, lo imperfecto, lo lento...Aunque tenemos que confesar con una sonrisa que nos hemos dado prisa para llegar a tiempo a felicitaros. La lentitud ideal y la realidad tienen que convivir hoy más que nunca. 

Escribir a mano no es una prueba de excelencia ni un ejercicio de nostalgia. Es un acto. La grafóloga Matilde Ras ya intuía que en la escritura no solo se dice algo, sino que se es alguien. No por la belleza del trazo, sino por el gesto mismo: la mano pensando junto a la cabeza.

Durante un tiempo pareció que ese gesto era prescindible. Curiosamente, incluso los países más entusiastas de lo digital han empezado a matizar. En Suecia, tras una apuesta decidida por las pantallas en la escuela, se ha reconocido la necesidad de volver al papel y a la escritura manual en los primeros años. No por nostalgia, sino por algo muy sencillo: porque escribir a mano ayuda a pensar mejor.

Celebramos la letra impresa, el teclado, la rapidez y la posibilidad de llegar lejos. ¡Gracias a todo eso estamos aquí! Pero escribir a mano, hoy, es una elección. Y elegir ya es decir algo.

Así que os proponemos un juego: 

Mirad las tarjetas. Elegid una. Casi sin pensar. Cerrad los ojos y ved cómo aparecen ante vosotros una felicitación escrita a mano...que diga en trazo más o menos firme, pero en el que se deduce el afecto que os tenemos:


GRACIAS POR ESTAR
GRACIAS POR SEGUIR
GRACIAS POR SER

FELIZ NAVIDAD