Hay un día en el que la sensación de haber dejado de ser hijo se instala con fuerza, sin saber muy bien de dónde viene ni en qué momento empezó, pero con la claridad suficiente como para hacernos creer que hemos cambiado de lugar: que ya no pedimos, que ya no dependemos, que ya no miramos hacia arriba buscando respuestas, sino que somos nosotros quienes sostenemos, decidimos y respondemos.
Pero esa sensación no es definitiva, ni siquiera verdadera. Desaparece cuando uno se acerca a una madre, porque una madre es, ante todo, un lugar: el lugar donde sigue jugando nuestra niñez y donde la adolescencia descansa sin tener que justificarse.
Es el lugar donde no hace falta sostener el papel que uno lleva fuera. Donde se puede estar sin demasiada explicación, incluso cuando las cosas no están del todo bien. Donde uno vuelve, casi sin darse cuenta, a no saber del todo, a preguntar sin sentirse torpe, a quedarse un poco más de lo necesario.
Decía Oscar Wilde que los hijos aman, luego juzgan y, a veces, perdonan; pero con el tiempo uno descubre que lo verdaderamente importante no es perdonar, sino comprender… y, sobre todo, agradecer.
Agradecer que muchas de sus certezas fueron improvisadas, que sus decisiones nacieron más del amor que de la seguridad, que tantas veces nos sostuvieron sin tener todas las respuestas, pero sin dejar de estar.
No hay un día en que dejamos de ser hijos, sino momentos en los que lo olvidamos, hasta que la presencia de una madre nos devuelve a ese lugar que no se pierde, que no se supera, que no se deja atrás.
Hoy, que celebramos a las madres, quizá lo más verdadero sea reconocerlo así: que ser madre es sostener un espacio al que siempre se puede volver, y que ser hijo, lejos de ser una etapa, es un privilegio que nunca se pierde.


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